domingo, 9 de diciembre de 2012

Rincón del escritor: La nieve de un triste domingo III



La nieve de un triste domingo III
(Primera parte, segunda parte)
Oír la risa de la gente me duele pero al mismo tiempo me une a este mundo, curvan sus labio y enseñan sus blancos diente, casi parece que los hace más hermosos de los que son realmente. Intento sonreí pero siento que solo estoy haciendo una mueca rara que esta muy lejos de ser una sonrisa. Sé que es falsa por eso no lo intento otra vez. Estoy en la calle principar de mi ciudad, a diferencia de la mía esta hay mucha más gente y hasta algunos bares abiertos. Arrastro mis pies por la nieve y me sorprende que este simple movimiento no haga ningún ruido, la gente que pasaba por mi lado no se molestaba en esquivarme, y por más que intente no chocar con nadie sé que estoy haciendo algo inútil y ridículo. Cuesta acostumbrarse, si te paras a pensarlo bien. ¿Nunca te preguntaste qué harás después de morirte? ¿A quien seguirás una vez seas invisible? O ¿como aguantar esta amargura que se te come aun estando muerta? Yo tampoco lo se, por mala suerte en los 15 años que llevo estudiando nadie me enseñó como comportarme una vez muerta. Me sentía perdida, confusa, desorientada y sin rumbo alguno. La ciudad es el océano y yo el pequeño barco, pobre y podrido que vaga en sus inmensas olas. 
Con mi mente en las nubes esquivo una mujer que venia directamente hacia mi, una vez que pasa de largo me giro a mirarla, parecía casi una super modelo, con un pelo rubio peinado a la perfección y un largo abrigo que le llegaba hasta las rodillas, uno de esos abrigos que nunca me habían quedado bien ami. Llevaba unos tacones que la hacían más alta, comparándome con ella yo parecía un perro callejero y ella toda un Dalmata. Me sorprendo a mi misma pensando en perros, ya que nunca pude tener uno, es una sensación nostálgica que me trae otra lagrima aventurera.

Recuerdo que por una navidad pedí un perro, y la verdad en esa época de la infancia quería y conseguía todo lo que deseaba, pero al memorizar ese recuerdo me di cuenta de que nunca pude tener uno, aunque la verdad nunca me ha importado. 
Miré a la chica hasta perderla de vista y luego baje la mirada hacia mis zapatos, llevaba mis botas preferidas, era de un color gris marrón, y quedaban bien con todo, o eso parecía cuando me miraba en el espejo porque ahora con las manchas de sangre parecen una botas sacadas del vertedero. Llevaba unos simples texano y un abrigo de lana machado y medio estropeado, no creo que ahora mismo tenga la mejor pinta del mundo, pero pensándolo mejor, nadie era capaz de verme. Ni de sentirme, ni de tocarme. Eso me hace sentir sola, como siempre he estado y nunca dejare de estar. Quité esa reflexión de mis pensamientos, nunca fui una chica positiva, y esa era una de mis mayores defectos. 
Dejo de mirar a ese chico que estaba delante de la tienda de video juegos y durante un momento siento ganas de correr, y segundos después no dudo en hacerlo. Me dirijo al bosque, el lugar donde las almas solitarias siempre eran bienvenidas.

1 comentario:

  1. Wolaaa,
    Escribes bien, aunque personalmente me gustó más la cuarta parte. Igualmente, sigue así!:)

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